Consumo
Santiago Niño Becerra - Jueves, 19 de NoviembreCon lo que está cayendo fuera, ¿les sorprende el título?, pues no se extrañen: ahora es, precisamente, cuando empieza a hablarse del tema: ahora.

Ya les he hablado en otras ocasiones de una publicación económica de nombre Dossier Econу²mic, lástima que sólo se publique en catalán porque suele publicar unos reportajes buenísimos, por ejemplo el que publicó en el ejemplar de la semana del 19 al 25 de Septiembre y que llevaba por título (traduzco) “Del consumo eufórico al refugio del ahorro”, el trabajo mostraba la realidad actual del consumo, la foto del momento, pero, en mi opinión, su principal virtud estribaba en las reflexiones que su lectura sugería.
Resulta que, ahora, AHORA, muchos de quienes tienen voz en el mundo económico (pronto empezarán a añadirse algunos de quienes la tienen en el político) se están llevando las manos a la cabeza y exclamando ¡No se puede creer lo que ha estado aumentando el consumo durante estos pasados años!. ¡Que exageración!, añaden, incluso, algunos. Es como si, ahora, se hubiese entrado en una especie regresión hipnótica y se hubiera llegado a un lugar de duda y misterio en el que una sola pregunta martillease permanentemente en el cerebro colectivo: ¿Cómo fue posible aquello?; para, de nuevo, volver a lo de siempre: ¿Quién tuvo la culpa?.
Empecemos por lo obvio: la humanidad está compuesta por humanos y los humanos siempre queremos más de todo lo que nos genere bienestar; para las unidades económicas de producción (las empresas en sentido muy, muy amplio) obtener beneficios produce bienestar, y si ese beneficio aumenta ejercicio tras ejercicio, el bienestar aumenta. El problema llega cuando esa tendencia se agota.
A finales de la década de los 80 la oferta se hallaba muy saneada pero la tendencia antes mencionada se estaba enlenteciendo debido a que con el modelo vigente el consumo había llegado a su techo, a la vez, sobraba capital. Quienes tenían que verlo vieron que el sistema se estaba dirigiendo hacia una posición de agotamiento, por lo que se sentaron a fin de diseñar una estrategia, y la hallaron partiendo de esa característica de los humanos ya mencionada.
A la población se le incitó, a través de todos los medios existentes y de los nuevos que se fueron inventando, a que consumiera, y como sus rentas no daban para tanto consumo, se dio a esa misma gente capacidad de endeudamiento prácticamente ilimitada. El mecanismo era verdaderamente ingenioso, y muy sofisticado.
Se empleaba a una población creciente en tareas productivas pero en condiciones laborales no-cómodas (que habían sido implantadas a lo largo de la década) y con remuneraciones justitas. Esa gente comenzó a acceder a bienes y servicios antes inalcanzables (“Te gusta, lo tienes”) a través de endeudamientos crecientes que suponían su atenazamiento durante décadas, de tal forma que gran parte de sus rentas futuras era distribuidas hacia las entidades financieras en forma de intereses y comisiones a fin de pagar los principales de los créditos concedidos; con esas deudas las entidades financieras aseguraban un flujo constante de ingresos y beneficios, que utilizaban para financiar a las compañías fabricantes de los bienes y servicios consumidos, y para invertir en los mercados de valores en productos derivados que financiaban más producciones y más consumo, generando más beneficios; y todo ello a velocidad creciente año tras año. Insisto: muy ingenioso y muy sofisticado.
El sistema ha estado funcionando así durante quince años, ¡que no está mal!; lo que sucede es que un modo de funcionamiento como ese tiene fecha de caducidad: cuando la capacidad de endeudamiento de todos los entes implicados en el proceso llega su límite físico, el modelo se colapsa y el sistema alcanza un dintel de agotamiento afectando tal agotamiento a todos esos entes participantes en el proceso, es decir, a todos los ente; la consecuencia es el gripage de todos los engranajes del mecanismo económico, y la evolución de ello una crisis sistémica. En esto estamos desde el 2006, aunque se manifestó en Septiembre del 2007, y llegó a la calle a mediados del 2008. “¡Que horror, que horror!” dice el del fondo; yo respondo que no se debe ver de ese modo.
A finales de los 80 / principios de los 90, la disyuntiva era clara: o no se hacía nada y se entraba en una fase de declive y estancamiento, o se hacía lo que se hizo y se crecía. “Podía haberse hecho otra cosa” replica el del fondo, y yo digo que no, que en cada momento de la historia se puede hacer una sola cosa y en ese momento, para generar PIB, tan sólo podía hacerse lo que se hizo; y se hizo porque los humanos siempre queremos más.
En consecuencia, pienso que nadie es culpable de lo sucedido. Se escogió un camino en el que todos los que podían obtener más, obtuvieron más (quienes no obtuvieron más o, incluso, obtuvieron menos, es porque en base a ese esquema no eran necesarios para generar más), y sí, cierto es que algunas y algunos obtuvieron muchisísimo más, pero, todos, repito, todos, los necesarios para generar más, en mayor o menor medida, obtuvieron más. Dicho de otro modo, si no se hubiesen hecho esas aberraciones que ahora muchos dicen que se hicieron no se hubiese crecido, y los humanos queremos crecer. En otras palabras, no había alternativa a lo que se hizo si se quería que el PIB aumentase.
Cierto, cierto, era un PIB no pagado, o pagado a deuda; y sí, también es verdad que a costa de unos niveles de desperdicio de recursos insostenibles, pero era inevitable ese proceder para crecer. Ahora se acabó y eso de lo que ya empieza a hablarse “el cambio cultural” será una de las consecuencias del cambio sistémico que la crisis comportará. (Y por ello es absurda la opción de “volver a lo de antes” como solución: ¡si precisamente ese “lo de antes” es lo que nos ha llevado a la situación que se pretende solucionar).
¿Lo que vine?, algo muy duro, un cambio radical en los modos de hacer, en los modos de ser, en los modos de vida. Nunca el consumo, retomando el hilo del razonamiento, volverá a ser lo que fue porque nunca volverá a ser el motor de crecimiento. Habrá sufrimiento, ¡claro!, porque la eficiencia es incompatible con que todos los humanos tengamos siempre más. “Pero unos van a pasarlo mucho peor que otros”, apostilla el del fondo, pues si, los no necesarios, y la Historia demuestra que en cada período, en los momentos de cambio, esas cosas, con ligeras variaciones, siempre son así, ¿o no?.
(¿El posible destino inmediato de ese más ahorro de una más que asustada población? (¿Más ahorro o menos consumo?), pues la financiación del mayor gasto que los Estados están teniendo y que no puede ser atendido por la menguante recaudación. ¿Un volver a lo de masantes?, pues ...).
(No me lo han contado: lo vi, yo, ayer. Centro de Barcelona. Un local de una cadena de grandes puntos de venta. La fachada cuajada de luces de Navidad. Los escaparates mostrando maniquíes luciendo prendas de ropa. Y en un extremo de esos escaparates, ostensibles letreros anunciando descuentos del 30% en grandes marcas de moda. Para meditar).
Santiago Niño Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.
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