Continuación
Santiago Niño Becerra - Jueves, 15 de Octubre(Si su espíritu es sensible posiblemente se indignará a la que avance en la lectura de lo que sigue.
Respire hondo y continúe leyendo. Será una especie de catarsis).
A medida que vayamos avanzando en la precrisis que en el 2010 desembocará en lo que será la cuarta crisis sistémica del Capitalismo, irán proliferando escritos, estudios e investigaciones relacionados con la pobreza y la desigualdad, lo que es lógico: las crisis, más una como la que se está formando, tienen, entre otras, esas consecuencias. Algunos de estos estudios y artículos son meros panfletos, otros son de gran calidad y provocarán -no invitarán- a la reflexión, entre estos últimos destaco uno de José Vidal-Beneyto que El País del 12.09.2009 publicó en su Pág. 27.
El texto, aportando datos estremecedores e increíbles, pone de manifiesto que la distancia entre ricos y pobres -o no ricos- está aumentando: entre países, entre colectivos dentro de un mismo país, en el seno de compañías concretas; distancias que, en 40 años, se han multiplicado por 18. También habla de miseria rampante, de fortunas personales que pueden equivaler al PIB de cinco países. Y de personas que al abandonar sus compañías, son indemnizadas con cifras fabulosas a pesar de haber ocasionado pérdidas multimillonarias a las compañías que abandonan. Léanlo, vale la pena.
Yo, partiendo de ese magnífico texto quisiera ir más allá, y para ello parto de algo que el texto expone: el que en USA un CEO medio gane hoy 364 veces más que un empleado medio cuando hace 40 años ese número de veces era 20. ¿Qué ha sucedido?, ¿qué ha propiciado ese aumento tan galáctico en la diferencia entre la remuneración del CEO y el empleado?. Eliminando como causas el sadismo y la pura maldad, las razones, pienso, son las siguientes.
Hace unos 40 años, más o menos, hacia mediados de los 60, los beneficios se obtenían solos. Las compañías, máxime las potentes, con fabricados potables y con capacidad productiva creciente, obtenían financiación sin problemas porque, quienes les financiaban -entidades financieras o mercados bursátiles- sabían que lo que fabricaban lo tenían vendido y cobrado. Como el mercado quería más y más porque venía de una época de carencias y penurias, el mercado absorbía esos fabricados aunque fuese a precios crecientes, mercados que estaban integrados por unos consumidores que trabajaban en las compañías que fabricaban esos bienes y que eran remunerados convenientemente para que pudieran consumir aunque los precios crecieran. Por eso el empleo aumentaba: a más ocupación más consumo y a más consumo más producción; y, para cerrar el círculo, el Estado consumiendo a todo taco: el mejor de los mundos posibles.
Convendrán conmigo que en un escenario como ese que un CEO obtenga beneficios en la compañía en la que se desempeña profesionalmente no está chupado, pero, bueno, el esfuerzo es asumible; es decir, la necesidad que una compañía pudiera tener de contar con CEOs fuera de serie era alta, pero no sideral; algo parecido sucedía con el empleo. Las empresas necesitaban factor trabajo: por un tubo, a manta: su capacidad productiva era función directa del factor trabajo con que contasen (recuerden la emigración española a Europa: aquí esa población activa no tenía nada que hacer y allí era esencial), por eso era bien remunerado y, casi, casi, hasta mimado.
Eso era antes, antes, ahora el sucesor de aquel CEO -aquel ya se jubiló, o lo jubilaron- tiene que obtener unos beneficios, en términos proporcionales iguales o superiores a aquellos de los 60, utilizando muchos menos recursos que entonces y con una competencia tropecientas veces mayor de la que había en los 60. Ese CEO hoy tiene que conseguir un rendimiento en unas condiciones infinitamente más duras que las existentes en la década de los 60, y si lo consigue, se le paga la repanocha en patinete. OK, lo consigue, y, ¿cómo lo consigue?.
Hoy ese CEO es una señora o un señor que va con el cuchillo en la boca, con un hacha en una mano y con un portátil en la otra. Es una persona que tiene un objetivo doble pero que es único: que el beneficio de la compañía aumente y que la cotización de los papeles de esa compañía suba; para eso tiene licencia para matar, y, evidentemente, mata porque su supervivencia -su remuneración, su empleo- depende de ello. Y como mata arrasa con todo aquello que no es ultraesencial, tanto en cantidad como en tipología de factor.
Y aquí, como en los trucos de magia, llega el ¡Ohhhhhhh!: la necesidad del factor trabajo en los 60 estaba en relación directa con la producción, en otras palabras: a más ocupación más PIB, y más PIB daba lugar a más ocupación; pero hoy -la película comenzó en los 80- eso no es así: la producción ha dejado de estar vinculada al factor trabajo. Es decir, tenemos a una persona, un CEO, ultraimprescindible para generar beneficios en una atmósfera megaenrarecida, y un montón de personas, trabajadoras y trabajadores, que ofrecen algo que cada vez es menos necesario y que, por tanto, cada vez vale menos. Esto extrapólenlo a comunidades, regiones, Estados y agrupaciones de países, y ya tienen el porqué de las crecientes diferencias.
“¡Es horroroso, y nauseabundo!” dice el del fondo; no entro a valorarlo: es así porque entre todos lo hemos hecho así. A lo largo de los años 70 empezaron a pasar una serie de cosas que la inmensa mayoría de la gente aceptó; esa mayoría podía haberlas rechazado, desencadenar una revolución, haber arrasado con la filosofía de conducta que desde los centros de poder estaba permeando en todo el sistema, pero esa mayoría no lo hizo, por eso hoy la remuneración de ese CEO es 340 veces mayor que la de su empleado medio.
¿Por qué aquella mayoría aceptó esas cosas?, pues por algo denominado evolución: las cosas pasan cuando han de pasar, como han pasar y donde han de pasar, y si se gana en algo se han de aceptar que sucedan cosas. Hoy ese empleado medio no pinta nada, pero hasta ayer ha tenido acceso a -le han dado- un crédito para que adquiriese un automóvil chulísimo que el CEO de su compañía contribuía a fabricar -él no, su CEO: el podía ser prescindible, su CEO, de momento, no-.
Ese empleado medio podía tener ese automóvil chulísimo porque las cosas habían sido diseñadas para que no pintase nada: su homónimo de los 60 ni en sueños podía haber tenido un automóvil equivalente, aunque es cierto: pintaba más que él.
La cosas nunca son blancas o negras. Si hemos llegado a donde estamos es por como hemos hecho las cosas. Nada es gratis. Hemos crecido a costa de adoptar un modo de hacer, modo de hacer que ya se ha agotado. ¿Qué viene ahora?, pues que ese empleado medio aún va a ser menos necesario, que ese automóvil tan chulo posiblemente no se fabricará, y que ese CEO va a perder su megaremuneración porque también va a dejar de ser necesario. ¿Y quién será necesario ntonces?, pues el empleado medio que pueda ejercer de CEO cuando se requiera, en un entorno en el que los desperdicios de todo sean prácticamente cero.
¿Qué eso es un cambio sistémico?, ¡pues claro!.
(Bueno, ahora toca hablar de la “economía sumergida”. Vamos a ver, al margen de cuestiones éticas, ¿saben cuál es la diferencia entre la economía negra y la blanca?, pues que la segunda paga todos los impuestos y la primera sólo parte. Si alguien llama a un lampista para que arregle un desagу¼e obstruido de su vivienda y le paga “en negro”, el lampista irá a comer al bar de la esquina y pagará con parte del dinero que le acaban de dar por el arreglo realizado. Los impuestos y tasas que el bar le cobre por el servicio el lampista los pagará, y generará PIB: la consumición del menú, pero nunca pagará imposición directa por el ingreso obtenido en el arreglo.
La economía sumergida genera PIB, pero paga menos impuestos, algo que ahora es para considerar; la pregunta es, si se blanquease toda la economía que ahora es negra, ¿se mantendrían todos los empleos Ѣ€“negros- que ahora existen o muchos se destruirían al no ser competitivos teniendo en cuenta el tipo del PIB que España genera?. También para considerar, ¿a que sí?).
Santiago Niño Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.
Otros artículos en La Carta:
- “Una cliente indignada confunde índice con Bolsa, como otros muchos, presa de la ansiedad…”
- Acciones del sector tecnológico: ¿la tierra prometida?
- ¿Cuánto vale Facebook realmente? No tanto como algunos piensan
- Reforma Laboral (Más)
- ¿No les preocupa el riesgo político en el mundo? Quizá debería preocuparles
- España, país UE donde más sube el riesgo de pobreza por crisis hasta afectar a 20,7% de la población
Lo más leído hoy
De Interés en los medios
- Nueve detenidos tras la primera carga policial de la ‘era Rajoy’ en Madrid
- Incógnitas del nuevo marco laboral español
- Los bancos abaratan sus viviendas pero no la financiación
- El plan de rescate resquebraja el Gobierno de Grecia
- Las farmacéuticas, ahogadas por las CCAA: “No nos pagan una factura desde hace año y medio”
- Reforma laboral: todo el poder para la empresa
