Destrucción a toda costa
Santiago Niño Becerra - Jueves, 26 de Agosto
El título de hoy es el de un excelente informe que Greenpeace elabora y publica periódicamente desde hace algún tiempo.
La edición del 2010 la tienen aquí: http://www.greenpeace.org/raw/content/espana/reports/100709-04.pdf, y es gratis. Les sugiero que lo ojeen o que, al menos, busquen la región en la que se halla enclavado ese apartamento, esa casa en la que pasan puentes y fines de semana, o en la que residen. Para completar el informe les recomiendo que echen un vistazo a un extraordinariamente buen reportaje fotográfico sobre “como era antes, como es ahora” de conocidos lugares de la geografía costera española, aquí: http://www.elpais.com/fotogaleria/mismo/punto/costa/despues/elpgal/20100716elpepusoc_1/Zes/4.
Conozco a personas que han explotado como los volcanes que explotan al ver las fotos que les indico y/o al leer el informe de Greenpeace, en su explosión lanzaban los más gruesos epítetos contra Gobiernos centrales, Gobiernos regionales, Gobiernos municipales, responsables urbanísticos, diversos personajes en su momento reputadas figuras del Franquismo, banqueros españoles, instituciones internacionales, clubes de football, “turismo de alpargata” y otros diversos miembros de los poderes fácticos españoles y planetarios. Luego, cuando al cabo de un rato dejaban de lanzar improperios, me preguntaban mi opinión, posiblemente porque mientras se producía su explosión yo no había abierto la boca. A muchos lo que les decía aún les encendía más y comenzaban a imprecar contra otros personajes y contra otras situaciones.
Lo que les decía a esas personas era la verdad, y la verdad, habitualmente duele, sobre todo porque, casi siempre, lo que ha llevado a la situación presente era absolutamente inevitable, por lo que a la frustración se une la impotencia. En el caso que nos ocupa: la costa española está construida prácticamente en su totalidad (la catalana lo está en más de un 80%), siendo esas construcciones, en un alto porcentaje de las veces, invasivas, destructivas, de muy baja calidad, masivas, y con un valor estético negativo; pero lo auténticamente terrible, más incluso, pienso, que las propias construcciones es que esta situación era inevitable. Me explico.
A mediados de los años 50, momento en el que puede fecharse el inicio del turismo en España, España era un país muy, muy pobre, muy atrasado, con unas carencias enormes en infraestructuras, en sanidad, en educación, con una renta media patéticamente reducida. En 1955 el PIB pc de España era de 2.778 dólares (el de algunos españoles era ocho veces esa cifra y el de muchos la mitad), mientras, el PIB pc medio de los doce países de la denominada Europa Occidental ascendía a 6.283.
La II Guerra Mundial hacía ya una década que había finalizado, la producción europea crecía a todo tren y el Welfare State proveía de seguridad a quienes contribuían en esa producción. Llegó un punto en que la naciente clase media europea empezó a querer emular a aquellos que se solazaban en la Cу´te d"Azur, en la Riviera o, poco después, en Costa Smeralda, pero que no podían soñar ni con aproximarse a sus clubes y hoteles, por lo que miraron al lugar en que sí podían soñar, en un lugar con sol, con alcohol barato, con permisividad ante el jaleo etílico, un lugar situado en el Sur, un lugar con infraestructuras deficientes e insuficientes, con servicios pobres, pero barato y en donde eran bienvenidos. Ese lugar fue España.
A partir de aquí la historia es conocida: oleadas ingentes de turistas que crecen a tasas anuales de dos dígitos han de ser alojados, y para ello han de ser levantados edificios sin plan urbanístico alguno allí donde fuese necesario, algo que pudo hacerse con total impunidad durante el Franquismo y, posteriormente, con la impunidad que han ido brindando los casos de corrupción que se han ido poniendo sobre las mesas de los juzgados, máxime cuando al del turismo se unió el boom del ladrillo de los 1990s y de los 2000s. Hasta aquí lo obvio, lo evidente, lo conocido porque es de lo que se habla, pero esa moneda, como todas, también tiene su cruz.
Esas oleadas de esa naciente clase media europea empezaron a traer divisas, empezaron generar actividad económica, empezaron a ocupar a gentes inactivas o sub-subempleadas, empezaron a permitir que “corriera el dinero”, y así durante 50 años, ¡medio siglo!. ¿Uno de los costes de esa contribución al crecimiento económico patrio?, la destrucción de la costa española. Y ahí reside lo terrible del hecho y lo inevitable del acto.
España, su población, se hallaba sumida en una absoluta postración económica, el turismo fue una de las poquísimas herramientas que España pudo utilizar para propiciar un crecimiento económico cutre, muy cutre, desde luego, pero incremento del PIB al fin y al cabo. (¿Las otras herramientas?: emigración a Europa, inversión extranjera animada por la paz octaviana del Franquismo, y exportación de cítricos ya a la baja por la competencia de las naranjas israelíes).
Es decir, España compró un crecimiento pagando con la destrucción futura de gran parte de su costa, pero antes de criticar, piénsenlo: ¿había alternativas?. Eso es lo verdaderamente terrible: que lo que iba a suceder con la costa española era inevitable. España vendió lo que tenía, y ahora estamos pagando las consecuencias. ¿Culpables?, muchos, y en un número muy superior al que ahora se halla imputado; el problema es que no es delito querer que la familia de alguien esté mejor aunque ello suponga destrozar un paraje o contaminar irremediablemente un arrollo, porque el problema residía en que España no tenía nada más, y eso que tenía lo esquilmó y lo ha continuado esquilmando.
En fin, hoy es lo que hay porque antes ha habido lo que ha habido.
(Por cierto, absolutamente imprescindible para complementar lo antes expuesto: “La piel quemada”, film dirigido por José María Forn en 1967).
Santiago Niño Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.
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