“Fin de fiesta”
Santiago Niño Becerra - Martes, 22 de Junio
Escribo el título entre comillas porque lo he copiado. El original pertenece a la columna que el Sr. Juan José Millás publicó en El País el pasado día 4 de los corrientes. El texto es una maravilla, una auténtica joya: en un palmo plantea el "quienes-somos-de-donde-venimos-a-donde-vamos" de la Economía española; lo plantea al lector. Voy a utilizar el texto del Sr. Millás como si de un formulario de respuesta se tratase. Ni que decir tiene que han de leer esa columna (http://www.elpais.com/articulo/ultima/Fin/fiesta/elpepuopi/20100604elpepiult_1/Tes), no hay excusa.
Dice el texto: “(...) nos prestaron el dinero sin exigir garantías, como si buscaran, justamente, lo que está sucediendo (...)”. Si, pero, pienso, la cosa es aún más gorda: no exigieron garantías porque las tenían todas, porque no hacían falta, porque se sobreentendía que la pasta iba a devolverse, porque el deudor sabe que si no paga sobre él se desatarán las furias del infierno. Esto es lo mismo que me contaron hace unos días.
Un amigo ha recibido un regalo de un familiar: un apartamento valorado en 1,5 millones de libras, pero ha de ser arreglado, poca cosa: un retoquito aquí, otro allá, lavarle la cara, poco más, y para eso ha solicitado un crédito a una entidad financiera, un crédito de doscientas mil libras; se lo dieron en 48 horas; seguro que la entidad financiera que le ha prestado el referido importe está rezando para que no pague. Pues eso.
Sigue diciendo el texto: “(...) la reducción del nivel de vida que nos exigen provoca menos trabajo, menos crecimiento, menos ingresos y, por tanto, más déficit, es decir, más deuda y más dificultades para hacernos cargo de ella (...)”. Claro: eso es parte de las garantías anteriores, es como lo de las mochilas. Uno de los elementos que los headhunters analizan a la hora de seleccionar a alguien para un superpuesto es el número de mochilas que esa persona acarrea.
La persona tiene que ser una megacrack, claro, pero si tiene pareja que no trabaja, hijos en edad preadolescente, está pagando la hipoteca de un apartamento en Knightsbridge y la de un cottage en Surrey, si además conduce un Aston Martin DB6 que parece que acaba de ser fabricado, y si cada año alquila una casa en el lago de Como, esa persona tiene muchos números para ser contratada; con los países sucede lo mismo. ¿Qué estrujamientos le exigen a Japón a pesar de tener una deuda total de casi el 475% del PIB?, respuesta: ninguno, ¿por qué?, pues porque no tiene mochilas.
Y continúa: “Parece que lo que buscan a toda costa nuestros prestamistas es una coartada para rompernos las piernas”, pienso que la cosa es peor aún: lo que buscan los acreedores es que las piernas del deudor pasen a ser de su uso exclusivo a fin de que puedan ejecutar las tareas convenientes y pertinentes para devolver el préstamo, bueno, el préstamo no lo sé, los intereses si: el negocio de un crédito de estas características se halla en los intereses: el principal es “la cosa” que permite continuar pagando: por eso no se sueleN poner reparos a la “reestructuración” de las deudas (y si se pone, mejor salir corriendo: el edificio ya se está derrumbando). De eso en Latinoamérica saben mucho.
Al final el texto pasa abordar una serie de preguntas, finales, totales, terminales, quiero interpretar que el autor no buscaba respuestas: las conoce de sobra; lo que estaba haciendo era didáctica: llevaba a quienes leían esa columna a la meditación final sobre “quienes-somos-de-donde-venimos-a-donde-vamos” en Economía.
“¿Dónde empezó todo?”, pregunta; pues en el lugar en el que, por vez primera se llegó al acuerdo de intercambiar una oveja por mil puñados de maíz pero quien quería el rumiante sólo disponía en aquel momento de 850 puñados. A partir de ahí ... “¿Es rentable el negocio de la ruptura de piernas?”, sigue preguntando; pienso que a esos niveles lo es mucho más conseguir que las piernas de quienes conviene hagan lo que es conveniente a quien conviene. “¿Quién nos ha entrampado de esta forma?”, sigue preguntando; entiendo que hemos sido nosotros mismos: todo el mundo quiere poseer un bolso de Bulgari, o unos zapatos de Church"s, o necesita financiar aquella venta que le reportará beneficios sin cuento, o pagar el trasplante de hígado de su hija: todo el mundo: somos humanos.
Y sigue: “¿Sabían los políticos que nos han gobernado durante los últimos 20 años que la fiesta terminaría de este modo?”. Pienso que muy posiblemente no, ni los de aquí ni los de ningún otro sitio. Los políticos, pienso, son entes que se mueven en una escala temporal muy diferente al resto de los mortales; una escala temporal que viene limitada por un horizonte muy concreto y limitado: cuatro años, ocho a lo máximo, muy excepcionalmente, en rarísimas ocasiones, doce, y, en ese caso, desempeñando habitualmente papeles secundarios. Claro, claro, otra pregunta es automática, otra pregunta que el Sr. Millás no formula pero, entiendo, sugiere:
“Si los políticos no lo sabían, ¿quién entonces?”. Y la respuesta a esa pregunta es una frase utilizada en numerosos films para crear intriga o para cambiar de diálogo: “Si te lo dijese tendría que matarte”.
Santiago Niño Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.
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