Seguridad Social
Santiago Niño Becerra - Miércoles, 21 de Julio
Lo que nadie -cuyas palabras serían escuchadas- dice, ni nadie -cuyas preguntas tendrían eco mediático- pregunta: ¿qué problemas económico-financieros tiene la Seguridad Social española?, ¿por qué, si hace diez años la Seguridad Social española mostraba un futuro económico-financiero nítido y transparente, hoy el mañana de esa misma Seguridad Social se define tétrico, perdulario y plagado de agujeros?.
El pasado Lunes 19, el Secretario de Estado de la Seguridad Social dijo que, teniendo en cuenta la situación en la se halla la economía (española) habría que “aprovechar” para revisar el sistema de la Seguridad Social (El País 20.07.2010, Pág. 18). Pregunto: ¿puede deducirse que si la precrisis que acabamos de pasar y la crisis ante la que nos hallamos no se produjese “el sistema de la Seguridad Social” no debería ser revisado?, es decir, si en España continuasen construyéndose 850.000 viviendas al año, entrando 56 millones de turistas y vendiéndose 1,4 millones de automóviles la Seguridad Social iría bien?. En resumen, ¿quiere decir el Señor Octavio Granados que si en España la deuda privada siguiera creciendo, y creciendo, y creciendo, los problemas de la Seguridad Social serían meras especulaciones de salón sin ningún fundamento?.
El razonamiento, pienso, es simple: corroborado que el sistema de Seguridad Social (entendido en sentido amplio: cobertura sanitaria, pensiones de jubilación, subsidio en caso de desempleo, asistencia a la dependencia) hoy es financieramente imposible, se utiliza la caída de ingresos fiscales que la situación económica está provocando para introducir las reformas que sean necearias a fin de adecuar ingresos y gastos, y expectativas de ingresos con expectativas de gasto; es decir, aunque se pregona a los cuatro vientos que “la salida de la crisis es inminente” se da por supuesto que jamás de volverá a una situación como-la-de-antes que mostraba el futuro de la Seguridad Social claro y transparente. Pero nadie explica porqué, y nadie lo pregunta, tan sólo se acepta que “aquello se acabó” y no retornará aunque “las cosas mejoren”, lo que es cierto, pero, ¿por qué no se cuenta el motivo?.
La historia de la génesis de la Seguridad Social es bastante más obscura y siniestra de lo que pueda parecer. El antecente moderno de la actual Seguridad Social fue implementado en 1911, en The UK, por un Primer Ministro liberal: David Lloyd George, y para asegurarse de que The House of Lords no le iba a desmontar el invento, su Gobierno aprobó una ley que prohibía a los Lores vetar leyes presupuestarias. Hasta aquí podría pensarse que Mr. Lloyd George no era más que un excéntrico snob que en la Inglaterra semivictoriana de principios del XX no quería más que jugar a ser progre, pero no: lo curioso del caso es que el poder le toleró y permitió todos esos inventos.
Pocos años después, al otro lado del Atlántico, Roosevelt tenía problemas para que se le aceptase su New Deal; para inclinar la balanza de su lado utilizó a un lobby verdaderamente original: la clase obrera. Ni harta de bourbon a la clase obrera estadounidense se le hubiese ocurrido solicitar algo parecido a una Seguridad Social, sin embargo era bueno que lo tuviesen, al menos que tuviesen algo: algo para cuando les fuese imposible continuar trabajando, máxime teniendo en cuenta que se estaba en medio de una tremebunda depresión económica y que las ideas de John Reed podían calar entre una población miserizada, algo no conveniente; así que Roosevelt compró la aquiescencia de los sindicatos a su New Deal con un programa estatal (mínimo) de pensiones de jubilación. Luego, en el 42, llegó el Informe Beveridge y en el 45 la implementación, en The UK, de la Seguridad Social que hoy conocemos.
Es decir, una Seguridad Social supermínima pero enorme en comparación con “lo que había antes que era nada”, fue implantada a fin de comprar la paz social, luego, tras la II GM, al margen de que ese primer principio continuó inmutable, se vio que el invento británico era útil para otras dos finalidades: su desempeño generaba PIB, y porque la gente, al encontrase “socialmente segura”, rendía más. Y sus coberturas se fueron ampliando y ampliando.
Mientras las coberturas fueron asumibles en relación a unos ingresos que no cesaban de crecer debido a los muy progresivos sistemas fiscales en uso todo fue bien: la progresividad fiscal proporcionaba ingresos a los Estados y éstos los gastaban para redistribuir una renta que crecía sin cesar debido al pleno empleo. Era el Nirvana. Luego llegaron las crisis de 70, los yuppies de los 80, los shareholders de los 90, la hiperespeculación de los 2000, y la Seguridad Social se vino abajo.
Ni la Seguridad Social era ya útil para comprar la paz social porque era más sencillo, y beneficioso, comprarla permitiendo el acceso al crédito, ni era financiable con unas figuras fiscales que debían tender a la baja para posibilitar que los beneficios fuesen al alza, ni era de recibo en un mundo que buscaba a toda costa la competitividad, ni la redistribución de la renta estaba de moda, ni eran pagables unos crecientes gastos sanitarios, ni lo eran unas pensiones que crecían debido al constante aumento de una cada vez mayor esperanza de vida, ni, cosa fundamental, las expectativas apuntaban a la sostenibilidad del invento teniendo en cuenta que la necesidad del factor trabajo tendía a la baja.
Bien, pues aquello que en los 1910s se demostró como necesario, en los 1930s como útil, y en los 1950s como imprescindible, a partir de los 1970 empezó a demostrarse un engorro que había que desactivar. Ha costado, pero al fin se ha conseguido: los servicios prestados por la Seguridad Social apuntan hacia muy abajo, pero se acepta porque se ha convencido a la población de que no son pagables, y porque esa población, tras años de bonanza, ha perdido la capacidad de protesta, y los jóvenes más, mucho más.
Es en ese entorno, ¡en ese!, y no en otro en el que el Señor Octavio Granados pronunció esas palabras, y es en ese entorno en el que se producen las manifestaciones en ese mismo sentido. La Seguridad Social no es hoy financieramente sostenible, pero es que, además, ya no se le ve ninguna utilidad. Puede adornarse el hecho con serpentinas de colores: evitación de abusos, búsqueda de eficiencia en el gasto, reducción de costes innecesarios, ...; puede decirse lo que se quiera, pero lo cierto es que la Seguridad Social se implantó por evolución, por necesidad, no por santidad, tampoco por justicia social, y se está desmantelando por el mismo motivo; lo que pasa es que “la crisis” sirve, de maravilla maravillosa, como pretexto.
Santiago Niño Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.
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