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El razonamiento es sofisticado de lo puramente simple que es: los altos directivos de entidades financieras (las aseguradoras lo son) y de grandes compañías (a esos se les perdonan más cosas: ocupan a masas de gentes), excitados y obsesionados por las altas remuneraciones que podían obtener, se lanzaron de forma suicida a la asunción de riesgos absurdos que hicieron que sus empresas se colocaran en situaciones de desequilibrio hasta que, finalmente, se produjeron estallidos que colocaron a esas empresas al borde del abismo de tal modo que el Estado, utilizando el dinero de toda la ciudadanía, ha tenido que acudir en su auxilio. Son culpables, por tanto, esas personas que regían los destinos de esas compañías.
Ahora quienes pueden decirlo, quienes están encargados de decirlo, lo dirán y el pueblo se lo tragará porque es muy fácil detestar a alguien que está sentado todo en día en un despacho, en un sedán o en un avión privado, y que es remunerado con, al menos, cinco millones de dólares anuales (si se dedicase a dar patadas a un balón o a circunvalar un circuito en un carro motorizado con 900 caballos, sería diferente). Lo cierto es que la verdad es muy distinta a como nos la cuentan.
A partir de principios de los 80, mayormente en los 90 y sobre todo desde la recesión del 2000, el mensaje machacón con el que se ha estado martilleando por doquier ha sido el de que un buen directivo, un directivo que se preciase, lo que tenía que lograr es “maximizar el valor para el accionista”, accionista que podía ser un miembro de esa nueva “clase” conocida como “capitalismo popular”; y, además, partiendo de la base que si esa alta directiva, si ese alto directivo, no obtenía siempre y en todas sus operaciones una rentabilidad mínima del 15% era una inútil, era un inútil. Para conseguir eso podía hacer lo que quisiera, lo que le diera la gana, lo único importante era que los beneficios creciesen y que la cotización de las acciones aumentase; nada más porque, ¿qué más tenía que mirarse si “el mundo iba bien”?.
Espoleados por ese mensaje, acicatados por remuneraciones variables dependientes de resultados permanente y exponencialmente crecientes, las directivas de las compañías se lanzaron a una orgía de operaciones cada vez más arriesgadas animados por la palmadita en la espalda de accionistas agradecidos, premiados con bonus siderales y amparados por dictámenes de unas agencias que cobraban en función del valor que alcanzasen los papeles que valoraban y de la cantidad de esos papeles que se vendiesen. ¿La alternativa?, la puta calle con un explícito cartel enganchado en la espalda: INUTIL.
Ahora puede decirse que esos sistemas de remuneración han sido “perversos”, que los incentivos pagados a esas personas han sido “indecentes”, puede abuchearse a esos altos directivos, pero la única verdad es que el sistema los parió, los crió, los alimentó, los animó a actuar así y los premió por hacer lo que hicieron; ahora ya no son útiles para que hagan lo que hacían porque ahora hay que hacer otra cosa, pero aún pueden servir: para que hagan de culpables. La historiografía capitalista ha criticado las purgas estalinistas, pero, ¿en qué se diferencian del proceder que se está teniendo con esos directivos que han percibido altas remuneraciones?.
En el párrafo anterior decía que ahora toca hacer otra cosa, ¿qué?, preguntarán. Lo vemos mañana.
(El Plan Geithner: elementos distintivos. Abonar una idea: el milagro es posible. Como las reuniones de Hoover, pero con mucha pasta de por medio. Participación de inversión privada: ¿en virtud de qué alguien cuyo objetivo es obtener una mayor rentabilidad va a meter fondos en un túnel del que no se ve el final?. Subasta: ¿Cómo se fija el precio de salida de algo que ahora no quiere nadie?, ¿preguntando a quien tiene que comprarlo cuánto está dispuesto a pagar?.
La Historia es una sucesión de hechos en los que la mayoría, el pueblo, apechuga con los problemas y unos, muy pocos, se ponen las medallas. Nuestro Sistema, el Capitalista, profundiza en esa idea añadiendo otra: lo malo que algunos, muy pocos, hacen es un error y debe ser perdonado, lo no conveniente que otros hacen: la mayoría de antes, son errores imperdonables. Entonces, como aquellos algunos son quienes generan el PIB y gracias a ellos los otros algunos existen, estos algunos tienen que cargar con los intentos de salvamento de una situación difícil, como la actual y, evidentemente, sin protestas ni aspavientos, aunque hayan perdido todo lo que tenían o estén a punto de perderlo. A eso es a lo que el presidente Obama se refería cuando dijo que “No se puede gobernar desde el odio”.
En lo que nos ocupa y en base a lo dicho, el Plan Geithner: procurar llegar a mañana, comprar un poco de tiempo, más de lo mismo, patada para adelante. Nada de nada. Como sugerencia: relean sobre la presidencia de Herbert Hoover).
Santiago Niño Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.
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