Es el cuarto mes consecutivo de descenso, con dependencia extrema de Wall Street y marcada volatilidad
Gran parte de las últimas referencias que han sostenido y movilizado, hasta niveles de crash, a las cotizaciones bursátiles siguen patentes, aunque han desaparecido del instante (momentum), en lo que es un efecto Guadiana, porque volverán a brotar en cualquier momento. Los mercados no saben, así, que baza jugar en el más riguroso corto plazo. Estarse quieto o mover ficha. Hacer las maletas para siempre o esperar a que a la vuelta del verano los ánimos se sosieguen. Ya se ha descontado el penúltimo episodio de los tipos de interés. Gran parte de los movimientos corporativos están parcialmente cotizados. Los resultados empresariales del primer semestre obligan a una revisión de las previsiones, pero los grandes estrategas insisten en que quieren ver si el vigor de los seis primeros meses del año se mantiene en la recta final del ejercicio. De nuevo, pérdida de rumbo y de orientación. Las grandes referencias parecen haber desaparecido, pero es un espejismo, porque están ahí. Es la hora de la psicología, aunque sólo sea cuestión de horas.
La volatilidad intradía ha rugido con fuerza y rabia en los últimos días. Hay mucho que temer, sin embargo, en esta dirección, pese a que los movimientos de máxima agitación han sido neutralizados casi al instante por los bancos centrales. O dicho de otra manera, al menos hasta ahora no hay una contestación larga y duradera de la volatilidad, porque los mercados están intervenidos. Cuentan los grandes estrategas en sus informes de situación recién acuñados, que esta variable sólo puede azotar a los mercados cuando dejen de intervenir las instituciones o, en su defecto, con un el Ibex marcando cotas por encima o por debajo del 10% sobre niveles de principio de año.
Sí, ha vuelto la moda del 10% a la Bolsa española, aunque todo el mundo está pendiente de la crisis de liquidez. Un porcentaje mítico, un mito por repetido en los informes que las grandes firmas de Bolsa elaboran cada principio de año, pero que en los últimos siete ejercicios nunca se ha cumplido. Se vuelve a insistir, no obstante, en esta cifra, con lo que lo normal es que cuando finalice el año la Bolsa habrá subido más o menos del 10%, pero no el 10%. El recurso, ampliamente aireado en las últimas semanas, a este porcentaje es el exponente tangible de la falta de criterio y de orientación. No hay ideas nuevas, la noria de la Bolsa gira y gira sobre las mismas ideas de antaño.
En situaciones como éstas la psicología juega una baza principal. El inversor a largo plazo es ahora el centro de las iras de los más voraces especuladores a corto plazo. Corto y largo, largo y corto plazo se entremezclan hasta confundir a los observadores. Es el momento de la reflexión, de la frialdad, de los oídos sordos a los cantos de sirena. Los optimistas insisten en que los fundamentos económicos en Estados Unidos y en la eurozona soportan valoraciones bursátiles como las actuales y pueden neutralizar efectos inducidos por posibles caos coyunturales, como los de las últimas semanas. Los pesimistas esgrimen este argumento, precisamente, como el más peligroso y por eso aconsejan abandonar las naves.
Momento complejo, en fin, pero de duración corta. Por eso no es aconsejable tomar decisiones precipitadas. En las próximos días, un buen puñado de empresas que cotizan en Wall Street comenzarán a realizar previsiones sobre los resultados a septiembre, suficiente para recobrar el pulso. Además, los movimientos corporativos no han terminado. O sea, no conviene enterrar a la Bolsa estando viva.