Una subida de más del 5% que da una nueva vuelta de tuerca a los mercados de por sí lastrados por los malos datos en EEUU
Había una vez un país en el que el número de inmigrantes era muy, muy reducido, mucho más reducido que en su vecino del Norte. Era un país que había sido gobernado por un dictador que, tras su muerte, entró en una democracia tutelada y, después, en un proceso de crecimiento económico muy significativo tras su incorporación al área económica ya existente en el continente al que ese país pertenecía; el número de inmigrantes establecido en el país continuaba siendo muy bajo.
Unos años después, en ese país tuvieron lugar una serie de eventos que le catapultaron a la escena internacional, lo que contribuyó a que ese país, literalmente, se pusiera de moda; cierto es que, coincidiendo en el tiempo, la economía mundial entró en recesión, pero eso se solventó incrementando artificialmente la capacidad de endeudamiento de las poblaciones de una serie de países, entre ellos, en el país de nuestra historia.
Pasaron los años y una nueva recesión vino a nublar el panorama económico internacional, aunque, en este caso, su duración y su impacto fueron mucho más breves que los de la anterior debido a que las facilidades para acceder al crédito fueron incrementadas hasta el absurdo, tanto para personas y familias, como para empresas. En el país de nuestra historia, la disponibilidad de crédito también se disparó.
Quienes, en economía, deciden lo que tiene que suceder vieron que las rentabilidades del papel negociable, de los capitales, no alcanzaban las cotas deseables debido a que el sistema estaba entrando en una cierta atonía, la solución fue poner en marcha un invento por el que prácticamente todo el suelo del país de nuestra historia era susceptible de ser convertido en urbanizable; había capital, había suelo, faltaba mano de obra barata, dócil, no reivindicativa; no importaba que su productividad fuese reducida, la solución a esa necesidad era conocida: la inmigración masiva procedente de países míseros.
Distintos Gobiernos formados por diferentes partidos políticos fueron trayendo y regularizando inmigrantes, o permitiendo su entrada con visados de turista y su empadronamiento en los municipios en los que residían aunque su estancia fuese ilegal. Llegaron a cientos de miles, el porcentaje de la población inmigrante llegó a situarse en el 11% de la población de ese país, y en alguna de sus regiones superó el 14%, la tasa más elevada de cualquier región del área continental a la que nuestro país pertenecía.
El PIB, a base de deuda y crédito fue aumentando, aunque a costa de que la deuda privada superase el 215% del PIB, de que el déficit exterior fuese mayor del 11% del valor de la producción nacional y de que, falta de una política planificada, las tensiones entre la población autóctona y la inmigrada fueran crecientes. Un hecho vino a perturbar, aún más, la situación: en los últimos cinco años, fue un signo de progresía en el país que nos ocupa manifestarse enfervorizado defensor de la inmigración así como realizar abundantes declaraciones sobre lo necesaria que para la economía nacional la inmigración era.
Un día llegó la tormenta, pero no una tormenta cualquiera, sino la negrura más espesa que imaginarse pueda, en forma de una crisis sistémica que, empezando en las economías más avanzadas, cual si de una plaga de tratase, se fue expandiendo por todo el planeta; una crisis que, a diferencia de anteriores recesiones, no afectaba a los elementos coyunturales del sistema, sino a sus bases: al modo de producción.
Santiago Niño Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.