Cerca de 120.000 millones de euros de capitalización se han evaporado en los últimos cinco días
El tema no es nuevo, ¡que va!; pero aún hay tanto que decir sobre él.
Periódicamente, el tema de la educación / formación de las jóvenes y de los jóvenes del reino sale a la palestra. Bien sea porque España tiene el honor de mostrar una de las tasas de fracaso escolar más elevadas de la UE; bien porque también tiene en gloria poseer uno de los más elevados ratios de jóvenes que, tras finalizar su enseñanza obligatoria, no continúan formándose; bien porque, de nuevo, España se halla en posiciones destacadas en el ranking de países con menor formación impartida en el seno de las empresas. El hecho es que el tema, como Nessie, aparece y desaparece. (Por cierto, ¿se han dado cuenta de que desde hace mucho nada se sabe de él?; ahora se está exhibiendo un film que aborda el tema: será un presagio?).
España tiene carencias sangrantes en el tema formativo y educacional, pero culpar a las jóvenes y a los jóvenes de ahora es lo fácil, y lo es, sobre todo, porque la historia viene de atrás.
Durante el Franquismo, en España, estudiaban, fundamentalmente, dos tipos de jóvenes: los vástagos de familias ricas y aquellas/os cuyos padres realizaban sacrificios sobrehumanos para que sus hijas/os estudiaran; consecuencia de ello fue que el reino tenía una de las tasas de estudiantes universitarios más bajas de Europa. En los colegios de la época la operativa era simple: en los centros ‘de calidad’, a las/los ‘malas/os’, es decir, a los que no aprobaban, se les expulsaba e iban a parar a ‘los otros centros’, en los que se mantenía a las/los ‘malas/os’ hasta que las familias se cansaban de que repitieran. Los puestos de “aprendices” les esperaban.
Cuando el Franquismo finalizó se ‘resolvió’ el problema, pero en vez de hacerse bien, se hizo, ¡cómo no!, mal. Se imbuyó a la población la idea de que sus retoños debían ir a la universidad, a la vez que se creó una especie de dualidad: la/el niña/o lista/o a la Universidad, y la/el niña/o tonta/o a la Formación Profesional. Para acabar de completar el cuadro, a partir de los 80 se entró en una creciente permisividad a fin de que la niña y el niño no se traumatizaran en el cole. Esta ‘política educativa’ coincidió en el tiempo con la aparición de la ‘generación de la llave’: aquellas niñas y niños que, desde su más tierna infancia, estaban en posesión de la llave de sus viviendas a las que accedían tras finalizar la jornada escolar y en las que se hallaban solas/os debido a que padres y madres trabajaban a fin de obtener la pasta que su creciente consumo requería; padres y madres que regresaban a sus casas cansadas/os y con muy pocas ganas de atender las necesidades de sus infantes.
Esas niñas y niños, faltos de referentes, mimados hasta la saciedad, con un modelo de escuela en declive, con unas mayoritariamente bajas dosis de motivación, van pasando cursos porque no pueden suspender y porque, en las circunstancias actuales, no tendría sentido que lo hiciesen. Los Gobiernos, todos e independientemente de su color, han ido siguiendo el esquema porque daba votos y no ocasionaba tensiones. Y aquí hemos llegado.
El gran problema es que hoy, muchas de esas jóvenes y muchos de esos jóvenes, ni tienen la preparación que es requerida; ni su trabajo es lo necesario que hace veinte años era; ni tienen la motivación que precisarían para continuar formándose porque, sencillamente, nadie se la ha inyectado y porque nada en el entorno les indica que, de realizarla, les supondrá una mejora en su situación. Paralelamente, para gran parte de quienes emplean a esas jóvenes y a esos jóvenes ya está bien como la situación está, y ni les interesa que cambie ni quieren que cambie.
A partir de aquí puede entenderse el fracaso escolar, el mileurismo, el undermileurismo, la hiperprotección paterna, la baja productividad española, y lo que Uds. quieran.
Hace años, asistí a un congreso al que acudió el ministro de Educación del momento a dar una charla. Al final de la misma, me acerqué al ministro y, muy respetuosamente, le pregunté si podía formularle una pregunta. Amablemente me contestó afirmativamente. Con palabras muy directas le pregunté si su ministerio había estudiado el problema del fracaso escolar que el reino mostraba y, en su caso, si se habían desarrollado estrategias para abordarlo. Durante cinco minutos, el ministro estuvo hablando y yo escuchando sus palabras con atención; cuando finalizó, se despidió de mí y abandonó la sala, y yo me quedé pensando en las palabras vacías de contenido que el ministro me había dirigido.
Las Jóvenes, los jóvenes, evidentemente, tienen muy poca culpa, pero las cosas son como son y ellas/os están pagando y continuarán pagando las consecuencias de nuestro modelo social y educativo. Hemos creado unos seres para que no nos dieran problemas, y no nos los han dado. El plan ha sido un éxito, ¿no?. Mañana, ¿qué importa el mañana?.
(Aunque algunas/os se plantean cosas. A veces, en clase, lanzo al aire una frase o dejo caer un comentario, o incido en algo que alguien ha dicho. Lo que sigue sucedió hace un par de días. Un grupo estaba exponiendo unas noticias y una de ellas me pareció muy interesante. Abordaba el aumento del endeudamiento en España y daba un dato muy concreto: hoy, la deuda de las familias asciende al 114% de la renta disponible, mientras que en 1999 ascendía al 80%. Cuando el alumno que exponía la noticia concluyó sus comentarios, yo me dirigí a la clase y dije algo así como: prácticamente todos los macroagregados son, hoy, en España, mejores que en 1999, luego la conclusión sería la de que España está hoy mejor que en 1999, sin embargo la deuda es bastante mayor, ¿cómo se explica esto?. Hubo varios comentarios más o menos acertados, hasta que un chico, que interviene muy poco pero que cuando lo hace, lo hace con frases demoledoras, elevó su voz para decir: “¿Qué es ‘mejor’?”. Para meditar, ¿verdad?, máxime teniendo en cuenta que el comentario procede de una persona de veinte años de edad, ¿no creen?).
Santiago Niño Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.