Los expertos advierten, no obstante, del alza de un 0,4% en la subyacente, tres décimas más de lo esperado
Para quienes duden sobre los excesos de la eficacia, que no eficiencia, de la presión mediática les recomendamos la lectura de los sucesos bursátiles acaecidos la semana pasada y la revisión de los vídeos de otras tantas televisiones con motivo de este fenómeno. Amanece esta semana semifestiva en toda España, aunque el miércoles el mercado abrirá sus puertas, porque la globalizaión procura éstos y otros caprichos, con la resaca de una gran crisis financiera vivida la semana anterior, que es lo que han reflejado todos los Medios. Uno, no obstante, echa cuentas y avierte de que el principal índice de la Bolsa española sólo ha bajado en el periodo un 0,55%, es decir, no encuentra la crisis por ningún lado y tampoco el crash. Además, nos invade una duda periodística para tiempos futuros. Si con un retroceso semanal tan nimio hablamos de crash ¿qué nombre pondremos a la caída, llegado el caso, cuando alguien tumbre de verdad a los índices del mundo?
Consideramos, más bien, que se ha tratado de dibujar y de describir una crisis que nunca existió y que quizá tampoco hubiera existido. Hasta ahora nadie ha sido capaz de acertar el futuro. La crisis que nunca existió, en términos de resultados y de valoraciones, que es lo que afecta a los bolsillos, emana de las intervenciones inesperadas de los grandes bancos centrales. Los pesimistas dicen que sin las intervenciones, los índices hubieran estallado. Los optimistas, por su parte, mantiene su fe ciega en la eficiencia de los mercados y apuestan por una corrección, más o menos profunda, pero sana sin los manguerazos de liquidez. En cualquier caso, los resultados mandan, como siempre, y éstos han sido los de una semana más, sin pena ni gloria.
Más lecturas de uno u otro signo. Los que ven el vaso medio vacío han sostenido que los bancos centrales tienen más elementos de juicio en sus manos que los participantes en los mercados y que han comenzado a poner vendas en la frente de todos los actores antes de que reciban la pedrada. Quienes contemplan el vaso medio lleno aplauden el intervencionismo, porque, dicen, es la mejor manera de que el efecto manada no provoque una crisis de verdad, de grandes dimensiones, que ahora no existe.
Otros argumentos. Los observadores avezados sostienen que los bancos centrales han vuelto a cogerse de la mano y a arrimar el hombro en lugar de acerca el ascua a su sardina, que es lo que han hecho en los últimos meses. O sea, un movimiento global encaminado a que el tejido económico, débil en términos de crecimiento en Estados Unidos, no se rompa ni, en el mismo acto, las cifras de desempelo se multipliquen. Ambas coordenadas sí que tendrían efectos perniciosos, letales, sobre el conjunto hipotecario y otros frentes de endeudamiento de las familias. Es decir, se trata de que las aguas discurran por el cauce que les corresponde, aunque el caudal sea ahora menor.
Hay, también, quienes advierten de que la voladura controlada de activos que han superado las valoraciones lógicas desde hace tiempo es la razón principal de este inmenso rifirafe. Uno de ellos es el inmobiliario. Lo que sucede en Estados Unidos ya ha pasado factura al resto del mundo. Es importante destacar cómo los bancos centrales han regado los mercados de euros y de dólares, pero con los mismos tipos de interés vigentes. Es decir, que quienes están endeudados tienen más dinero pero los mismos intereses a satisfacer.
Finalmente ha quedado demostrado que las autoridades económicas quieren que el corazón el sistema no sufra mucho y como corazón han elegido a las Bolsas. Por eso otros activos, como las monedas, apenas han tenido impacto en las valoraciones. La volaltilidad ha sido nula en este terreno, porque así lo han querido las autoridades.
En cuestión de Bolsa, por lo demás, el inversor habrá observado que ya no todo vale ni vale todo. La selección es básica y gracias a ello los índices superan escollos.
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