Es el cuarto mes consecutivo de descenso, con dependencia extrema de Wall Street y marcada volatilidad
La prueba de que la Bolsa no ha muerto ¡Viva la Bolsa! está en el renacer de las operaciones corporativas y en la búsqueda de ideas y de proyectos nuevos por parte de los grandes gestores de fondos. “Esto sigue vivo. Mis clientes buscan y rebuscan, seleccionan y estudian fenómenos y comportamientos. Quieren ideas y proyectos nuevos en los que sustentar sus planes de inversión. Es decir, consideran que aún existe potencial de revalorización suficiente en determinados títulos-valores del mercado. Como siempre, la dificultad está en el proceso de selección, porque ahora más que nunca un error puede ocasionar pérdidas irreperables. Pero fijémonos en lo positivo. Mis mejores clientes están dispuestos a poner sus euros sobre la mesa de una gran idea, de un proyecto encomiable.” Me lo contaba ayer el analista jefe de un gran banco de inversión extranjero con importantes intereses en España.
Por eso traigo a colación lo que he escrito en alguna ocasión. Sin ideas que admirar no hay sentimientos enfrentados, que son los que influyen de manera decisiva en el proceso de formación de los precios. A unos les gustan las nuevas ideas y compran, otros las desprecian y venden. Gracias a ello, las cotizaciones suben y bajan. Así de sencillo.
Las ideas tienen una vigencia temporal, como norma. Sólo algunas sobreviven al paso del tiempo. Las nuevas ideas en la Bolsa van relacionadas, generalmente, con el seguimiento de las modas impuestas por los grandes actores en el mercado, es decir, por los fondos apalancados, la banca de inversión y las instituciones que mayores masas de dinero mueven cada día. Hay ideas perversas, como las que sucedieron a la crisis de los valores tecnológicos en marzo de 2000. Lo que vendieron entonces los más poderosos es que la quiebra de la confianza en el mercado (escándalos contables y financieros) iba a pasar factura a los precios de las acciones. Y así sucedió.
Antes de esa cura de adelgazamiento, lo que algunos denominaron poner los pies en el suelo, abundaron las ideas fantásticas, que fueron las que llevaron en volandas las cotizaciones de las acciones hasta alcanzar niveles estratosféricos. Fue la moda, allá por mediados y finales de los 90, de comprar valores muy endeudados y con fuertes pérdidas, porque la idea de entonces era que a mayor nivel de endeudamiento y de pérdidas mayor capacidad de crecimiento. Fue la moda de los valores tecnológicos, de la nueva economía. Fue la idea brillante de aquél ciclo, que luego puso contra las cuerdas a los índices bursátiles de todo el mundo. Hay, también, ideas muy simples, que, con frecuencia son las que perduran en el tiempo. Por ejemplo, comprar valores con bajos multiplicadores y altas rentabilidades por dividendo. Es la idea clásica, que se asienta en los valores de siempre y que ha dado rendimientos excepcionales en los últimos seis años, desde el hundimiento de los valores tecnológicos.
Aquí y ahora, los gurús buscan nuevas ideas ante el agotamiento, dicen, de las expectativas de los valores que más han tirado del carro en los últimos años. Una de las ideas de moda es la de las energías renovables y alternativas al petróleo. Lo verde, he escrito el lunes, vende ahora mucho, pero que nadie se equivoque, porque hay verdes pálidos, marchitos, con le fecha de consumo caducada.
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