Los inversores se muestran muy intranquilos ante cualquier noticia y la temporada de resultados da margen para los sustos
Se cumple ahora un año del principio del fin de uno de los episodios bursátiles que pasarán a los anales de la historia de la Bolsa española por volumen de dinero movilizado, pero no pagado. También, por la acumulación de despropósitos. Doce meses después, de la opamanía no queda ningún rescoldo, pese a que los precios de la mayor parte de las acciones han caído más del 50% ¿No habíamos estudiado que hay que comprar cuando las acciones bajan y vender cuando suben? Hemos escrito que la española ha sido una Bolsa de grúas, con algunos tratantes a la sombra de la trena. Una Bolsa, también, de OPA de tahúres. Primero lanzaba uno una oferta, luego venía el rival, que desenfundaba las pistolas y ponía un precio más alto a la cabeza de la empresa opada. A continuación, el primero que lanzó la piedra volvía a lanzar otra pedrada más grande. Al final, ha llegado la autoridad y dice que hay que subastar a la Reina de Corazones. La banca se ha quedado con todo.
Un año después los nuevos ricos del ladrillo que (se) disparaban a matar para conseguir la mejor pieza, disparan ahora en otra dirección. Unos y otros se acusan de traiciones, de haber hundido los precios de las acciones inmobiliarias en Bolsa. Ha sido el fenómeno caótico, ruinoso y violento más rápido de la Bolsa española. La velocidad de caída de las cotizaciones de las compañías inmobiliarias no tiene precedentes en el mercado español, ni siquiera con los sucesos del crash de octubre de 1987. Lo peor, además, es que la mayor parte de los actores no han tenido capacidad de reacción. Muchos proyectos han quedado en el aire y los inversores más entusiastas se han vuelto a quedar colgados de la brocha.
El apalancamiento basado en un apalancamiento previo y éste en otro apalancamiento anterior evolucionó hasta enero del año pasado como una gigantesca bola de nieve que puso en guardia al Banco de España, a los bancos y cajas de ahorro e, incluso, a los grandes organismos supranacionales, como el FMI, que han alertado hasta la reiteración del infierno que hay que soportar a partir de ahora en España. Aquellos endeudamientos traen ahora estos barrizales, difíciles de traspasar, imposibles de vadear.
Hay efectos colaterales, fichas de dominó que se empujan unas a otras en una cadencia de desequilibrio final. Primero sucumben las empresas y empresarios endeudados hasta las cejas a las iras de los que prestan el dinero y, casi a continuación, quienes han prestado el dinero, porque los inversores sospechan que alguna entidad muy bien se podría haber pillado algo más que los dedos. Los miedos crecen, además, con el constante ajetreo en los armarios de las grandes entidades bancarias estadounidenses. Cada día sacan más muertos, más pérdidas de los armarios.
Un año después Endesa, Felguera, Metrovacesa, Telepizza, Europistas, Parquesol, Colonial, Urbis, Altadis, Aguas de Barcelona, Sogecable, Iberia...son ejemplos de la subasta a trozos de la Bolsa española. Lo mejor en este caso, como se ha dicho en alguna ocasión, lo magnífico de esta subasta de la Bolsa española es que ni cotizan todas las empresas que son ni son todas las que están. O sea, es una Bolsa pobre, mediocre, que tras adorar al becerro de oro del ladrillo y desconocer lo que es I+D, Investigación, Desarrollo, Progreso, Innovación, sucumbe a los excesos.
Un año después queda una Bolsa española muy concentrada en pocas manos, en los grupos financieros y de poder comos se observa ahora con la afloramiento de tomas accionariales superiores al 3%, y con excesos de riesgo, porque las deudas contraídas hay que pagarlas. Son momentos en los que se teme una oleada de suspensiones de pagos.
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