De acuerdo con el consenso de analistas, una lectura inferior a 50 puntos representa una contracción de la actividad
“Mantener la estabilidad en el crecimiento de la liquidez”. Eso dijo Weber hace unos meses. Remató la faena con la consideración de que “ello es la mejor contribución de la política monetaria a medio y largo plazo para, a su vez, mantener la estabilidad en el crecimiento y creación de empleo”. Cuentan los observadores en sus misivas, casi secretas en lo que concierne a la crisis actual de los mercados (mejor no mentar a la bicha de un crash por parada cardiorespiratoria), que el presidente del Buba se ha convertido ahora en un halcón a la hora de defender nuevas subidas de los tipos de interés en la zona euro, frente a la posición de otros consejeros que matizan su opinión. Miedo para dar y tomar en unas Bolsas, que según otros considerandos, podría condicionar más su evolución futura a la de los tipos de interés que a sus propios fundamentos, operaciones corporativas incluidas, porque la tormenta surgida con el crash de las hipotecas basura en Estados Unidos ya traspasa fronteras y llega a Alemania, Francia ¿por qué no a España?. Hoy, como ayer, los excesos alcanzados en materia de liquidez alimentada por los bancos centrales atenazan a los mercados. Los bancos centrales quieren enderezar la situación devolviendo liquidez al sistema, pero a precios (tipos) de hoy. Esto es importante. Quizá por ello, los mercados recelan.
La liquidez ha dejado de ser la panacea, el maná salvador para los diferentes activos cotizados en otros tantos mercados, para convertirse en un problema de peso que provoca dolores de cabeza a las autoridades económicas del mundo industrializado. El otro mundo, claro está, no tiene ese tipo de problemas. Son ya muchos los bancos centrales que así lo consideran y así lo valoran. Desde el mar de liquidez del que hablaba Weber hace meses hasta el riesgo de apalancamiento y excesiva complacencia, al que aluden constantemente la mayoría de los bancos centrales. No hay término medio. La fiebre del enfermo es de pulmonía. La vuelta al revés de estos últimos días, volver a la liquidez a precios de hora es la pócima salvadora que manejan las autoridades. Otra cosa es que sea así.
La liquidez a mansalva ha tenido efectos milagrosos en numerosos activos y en otros tantos mercados. Por ejemplo, explica los buenos resultados de las últimas subastas de deuda a 10 años en Estados Unidos, con el 44 % de la demanda desde inversores no profesionales ¡Toma ya!. También la liquidez ha permitido hacer relojes de madera y que, incluso, lleguen a funcionar: gobiernos como el chino o el argentino anunciaron hace unas semanas emisiones de deuda a 30 y 10 años respectivamente , convencidos de que las emisiones tendrían una buena aceptación por el lado de la demanda (en el caso de China la oferta de papel supera los 3.500 millones de dólares). Hoy, a buen seguro, ya es demasiado tarde.
Vista esta secuencia son muchos los profesionales del mercado los que desprecian la inflación de activos inherente a este proceso y, lo que es más grave, resaltan ahora el auge del apalancamiento en los diferentes mercados, porque gran parte del fenómeno no tiene asegurados los retornos que, al menos, puedan pagar los intereses de los préstamos.
Algo, en fin, tendrán que decir las autoridades económicas, porque la liquidez se ha esfumado en un abrir y cerrar de ojos, como sucediera en crisis anteriores, aunque ahora vuelve la manguera. Los bancos centrales riegan de euros y dólares los mercados para que la bicicleta siga en pie. Por eso, el panorama de tipos de interés en el mundo se muestra especialmente complicado a estas alturas de curso. Las Bolsas siempre han mostrado una especial sensibilidad a estos procesos. Ahora no es la excepción. Este es el debate en ciernes, qué hacer con los tipos, porque el dinero inyectado parece insuficiente.