En el momento de la suspensión, las acciones de Ebro caían un 2,33 por ciento a 10,06 euros
Me dijo ayer Luis María P. R. afamado operador de la Bolsa de Madrid que las Bolsas se han vuelto locas, “porque cotizan las malas noticias al alza al considerar que podían haber sido peores al mismo tiempo que propalan por todos los rincones que las estadísticas que ahora se conocen acerca del estado de salud de la economía son viejas, es decir, hay que desestimarlas”. Se trata, es cierto, de un análisis fácil y simplista. Pero quizá no sea suficiente ir más lejos. Son muchos los que han dado carpetazo a la crisis. Se ha subido al tren de los bancos centrales, el que corre por las vías del optimismo. La locomotora luce en su parte delantera un cartel que reza: “LO PEOR YA HA PASADO”. Los más viejos de la Bolsa recuerdan que a lo largo de la historia el mercado ha desarrollado muchos episodios de este jaez. Aún está presente, por ejemplo, la avanzadilla previa a la explosión de la burbuja de los valores tecnológicos, cuando los títulos volaban hasta alcanzar alturas desconocidas a medida que mayores eran las pérdidas que se registraban en los balances. Las acciones se disparaban al alza en un encuadre económoco global adverso. En ambos casos se decía lo que ahora, que “LO PEOR YA HA PASADO”. Pero no fue así.
¿Recuerdan los escándalos contables y financieros que sucedieron al estallido de la burbuja de los valores tecnólogicos? Tampoco ha pasado mucho tiempo desde la adoración del becerro de oro de la Bolsa, lo que Greenspan calificó como exuberancia irracional de los mercados. La apostasía por los valores tradicionales, por el método de valoración comúnmente utilizado por los expertos, alcanzó su punto álgido en los dos años anteriores al estallido, en marzo de 2000, de la burbuja tecnológica. Las empresas que mayor número de pérdidas apuntaban en sus balances eran las que más alzas acumulaban a renglón seguido, mientras que aquellas que hacían bien sus deberes eran ninguneadas por los actores en los mercados. En la actualidad el fenómeno se repite, aunque ahora con los bancos como protagonistas.
Fueron años de irracionalidad manifiesta que estuvo enmascarada, no obstante, por la verborrea, a menudo indescifrable, de esa comunidad de analistas e intermediarios financieros que necesitan que la bicicleta siga en pie para no perder sus puestos de trabajo. El término de moda era “CREAR VALOR PARA EL ACCIONISTA”. Sucedió, no obstante, que se partía de la nada y que los fuegos artificiales duraron poco. En la actualidad hay muchas estampas similares a las de entonces. Los valores bancarios, que apuntan balances destrozados, rotos y con agujeros semejantes a los de la capa de ozono, suben a borbotones presa de una euforia irrefenable, porque está de moda decir que lo peor ha pasado. Lo mismo sucede con los indicadores que alertan de un enfriamiento progresivo del pulso económico en amplias zonas del mundo global. Aquí también se dice que se trata de valores y fundamentos viejos, porque los que se divulgarán en el futuros serán mejores.
Las cifras, como piezas de un puzzle de amplias dimensiones, no encajan, pero los mercados se han liado la manta a la cabeza. En abril la Bolsa ha exhibido sus mejores galas; varias entidades financieras (Santander, por ejemplo) ya han salido al mercado, pero con plazos muy cortos y primas excepcionalmente altas; los spread de crédito han mejorado como se puede observar en el crossover EUR 5 años en niveles de 500 puntos básicos frente a los máximos antes de Semana Santa de 700 puntos básicos; los bancos centrales han seguido con la manguera; en España las suspensiones de pagos se han acumulado y los beneficios se han detreriorado en todo el mundo ¿Ya ha pasado?
Los expertos dicen que los mercados volverán a tantear nuevas zonas de mínimos en lo que es la búsqueda de suelo, algo así como un nuevo puntos de partida. Coinciden en que la clave de la resureección de abril ha estado en las decisiones que ha tomado la Fed. Decisiones extremas de inyectar liquidez, ampliarla a broker, movilizar aunque sea temporalmente la cartera de derivados de crédito (especialmente hipotecarios). Y bajar los tipos, claro. Además, el Tesoro aumentó el límite operativo de las Agencias hipotecarias, lo que ha permitido dar un mayor colchón al mercado. Medidas todas ellas poco ortodoxas, pero muy efectivas a corto plazo. Otra cosa es la reparación de lo que muchos agentes en el mercado coinciden en definir como Crisis Sistémica.