British Sugar será el comprador de esta división por un importe de unos 526 millones en conjunto
Miky era un siamés de raza, como los que regalan los Reyes desde la antigüedad a sus allegados, despectivamente (¿insultante?) guapo. Estaba dotado de un olfato especial. Aventaba y alzaba sus bigotes con ritmo calculado, un rito que le permitía llegar más lejos que los mortales en sus percepciones. Miky avisaba con varios minutos de antelación la llegada a casa de un conocido, por ejemplo, de Ruth, su elegida. En el verano desarrolló una serie larga, suficientemente letal, de tumores cancerígenos que han terminado con él. Fue elegante y recio de ánimo hasta el final. Apenas emitió unos maullidos quejumbrosos la víspera de su muerte. Miky se ha ido al mundo de los gatos y la pesadumbre se ha adueñado de la casa. Ya nadie avisará de la llegada de un familiar o conocido. Hay en este otoño recién estrenado una suerte especial de tristeza de ánimo en la Bolsa, como en la casa de Miky. No hay ideas, ni sensaciones favorables. Tampoco percepciones que seduzcan. El miedo se instaló hace semanas en el mercado y se afianza conforme pasa el tiempo. Ni siquiera las reacciones técnicas, como las de la semana pasada, son capaces de devolver la sonrisa a los participantes en el mercado.
La Bolsa, me cuenta uno de los mejores gurus del mercado, “necesita un siamés, como Miky, tu gato muerto, dotado de una capacidad de anticipación animosa especial. La Bolsa necesita salir más pronto que tarde de la ciénaga en la que se metió por aquello de la crisis de las hipotecas subprime y la posterior desconfianza entre los bancos. Los banqueros son ahora jugadores de naipes al estilo del Viejo Oeste. Se miran a los ojos, y a las mangas, recelan por si hay ases escondidos suficientes para trampear y dar, con ello, por terminada la partida. Se miran a los ojos, se retan y desconfían”.
Ayer por la tarde hablé con R. J. uno de los mejores rastreadores de la Bolsa española. Desenfunda rápido, es ágil a la hora de operar y capaz, siempre, de seguir la huella de una operación favorable hasta dar con ella. R.J. estaba muy triste. “Me acaban de extraer unas manchas feas en el pecho, como lunares y el analgésico me ha tumbado”, me dice. R.J., lo tengo documentado, ha acertado el 100%, la totalidad, de las OPA que se han producido en la Bolsa española en los últimos años. No ha fallado ni una. R.J reconoce que no son los lunares los causantes de su inquietud interior. “No hay nada que llevarse a la boca, no sé dónde puede saltar la liebre”, me dice.
Minutos más tarde me llama triste, meticuloso como siempre, casi susurrando, como pidiendo perdón por llamar P.E. Más de lo mismo. Operador sagaz y disciplinado, alumno aventajado de la Bolsa. “No sé lo que me pasa, me duele todo el cuerpo, quizá porque en el fin de semana exageré en los esfuerzos deportivos. No tengo órdenes, me aburro. No hay ideas. Voy a ir al cierre al masajista.
“Desde agosto bebo como una esponja. Bueno, las esponjan no beben. Es decir, absorbo todo sin ton ni son. Me dejé llevar por la presión mediática que anunciaba el crash de la Bolsa por la crisis hipotecaria en Estados Unidos y perdí la camisa, y más. Hoy veo que se trata de una crisis profunda, pero que el mundo no se ha detenido, el sol sale y se oculta todos los días. Lo peor es que no sé dónde, cuándo, cómo y en qué se puede ganar dinero”, me dijo anoche M.M.
La Bolsa necesita la magia de la intuición positiva, como Miky, un siamés de raza. La tristeza ambiental, ahora que el otoño acelera su ritmo, es mala compañera de viaje ¡Que vuelvan las OPA! aunque luego no concluyan, como siempre.