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¡Joder el revuelo que está levantando el tema de las 65 horas semanales!, ya saben: la propuesta, ya aprobada, presentada por Eslovenia, apoyada, de entrada, por The UK y bendecida, después, por Francia. En los días que han transcurrido desde que la noticia se hizo pública he recibido tropecientos mails preguntándome sobre el tema. Digo, de entrada, lo que opino: encuentro muy lógica la propuesta.
Viajemos a los inicios del Sistema Capitalista. En 1799 y en 1800, en Inglaterra, fueron aprobadas un conjunto de leyes de importancia capital en los años posteriores, ese conjunto de normas fue bautizado como The Combination Act. En esencia, lo que decía esa ley es que el asociacionismo obrero orientado a la defensa de los intereses de la clase trabajadora, quedaba prohibido y que las actividades cuya finalidad fuese lo por la ley prohibido, serían perseguidas legalmente; en la práctica lo que ello significó fue la prohibición del sindicalismo obrero durante muchos años y la cárcel y/o la deportación a Australia de quienes intentaban reivindicar cosas.
Podría sorprender que el país que inventó la Ilustración generase una norma tan coercitiva como The Combination Act, pero debe profundizarse en la filosofía que movió a los legisladores. La libertad individual era, sin parangón, el bien más preciado que una persona podía tener, por lo que cualquier fuerza que la limitara debía ser perseguida. El liberalismo y el individualismo, sin freno ni control alguno, se convirtieron en los motores del desarrollo capitalista de la primera mitad del siglo XIX, pero la libertad, se decía, existía en los dos lados.
Un burgués, en virtud de la libertad que debía inundar todos los órdenes de la vida, podía ofrecer salarios de miseria a sus trabajadoras y trabajadores, obligar a trabajar a niños y adultos catorce horas diarias en atmósferas malsanas, pero las trabajadoras y los trabajadores eran libres para no aceptar tales condiciones e ir a otra compañía a ofrecer su trabajo (que en todas las empresas sucediera lo mismo era otro tema), por tanto, las asociaciones obreras lo único que hacían, con sus reivindicaciones, era sesgar los libres acuerdos a los que burguesía y factor trabajo pudieran llegar; evidentemente, el Estado únicamente debía velar porque esa libertad quedase garantizada, por ejemplo, persiguiendo a asociaciones obreras ilegales que entorpeciesen los libre acuerdos individuales.
Esa ley, y otras semejantes nacieron por necesidad y en un momento muy concreto de la historia: nacieron cuando el Sistema Capitalista estaba surgiendo de las cenizas del Mercantilismo, y en un momento en el que lo que necesitaba el sistema naciente era acumular capital al precio que fuese y pereciese la ‘chusma’ que hiciese falta en el empeño. Actualmente, salvando las distancias, nos encontramos en un momento parecido.
Las mejoras sociales de la explotada clase obrera del siglo XIX empezaron producirse a finales del siglo (en USA, en 1886, diferentes asociaciones patronales comenzaron a aplicar la jornada de ocho horas diarias) y en relativamente poco tiempo fueron extendiéndose geográficamente, de forma limitada al principio, integralmente con el modelo de protección social puesto en marcha en Europa tras la II Guerra Mundial, en ello mucho influyó el escenario que generó la Guerra Fría en el que el capital debía comprar la paz social aunque para ello tuviera que renunciar, de entrada, a algún beneficio (que posteriormente, a través del consumo masificado, recuperaba con creces).
El movimiento sindical internacional, políticamente comprometido, como en Europa, o sin vinculaciones políticas, caso de USA, siempre manifestó que fue gracias a sus acciones como la clase obrera obtuvo sus mejoras sociales; esta creencia ha sido útil a todos los actores: a los sindicatos, a los partidos políticos de izquierda, al empresariado al poder argumentar contra la excesiva presión sindical, …, la realidad es mucho más prosaica: la clase obrera comenzó a obtener mejores sociales cuando comenzó a crecer la productividad y no sólo dejó de ser necesario continuar explotando a la masa obrera, sino que lo conveniente paso a ser que esta clase obrera fuese disponiendo de mayor renta y de tiempo libre a fin de que consumiera la mayor cantidad de bienes y servicios que producían en un escenario de productividad creciente.
Hoy, nos encontramos en una transición sistémica, en una transición entre un modo de producción y otro (en esto, la crisis del 2010 juega un papel acelerador y conformador, pero no definitivo), a la vez, una tecnología crecientemente sofisticada, crecientemente barata y crecientemente más fácil de utilizar está posibilitando aumentos de productividad nunca antes soñados, y en el horizonte ya se están dibujando nuevos desarrollos basados en la biotecnología que aún favorecerán más el aumento de productividad.
(No tiene nada que ver con lo anterior -¿o sí?-. Un ex alumno (subsector financiero) me comenta que el nivel de morosidad -de momento: lo siguiente: de impagos- de varias compañías multinacionales radicadas en el reino y dedicadas al consumo, hacia quienes les han ‘dado crédito’, es pavoroso; y estamos al principio del principio).
(En el 2009 el Gobierno va a inyectar (¿inyectar?) 7.800 millones en la economía. Tal y como están las cosas, ya lo son ahora, pero en el 2009, esos millones serán, en términos prácticos, calderilla. ¡No podemos hacernos a la idea de cómo estarán las cosas en el 2009!).
Santiago Niño Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.