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Entre el cúmulo de frases y citas que han hecho historia en las Bolsas destacamos hoy la que reza: “es peor una verdad a medias, mal contada, que una mentira”. A la hora de predecir el futuro y de jugar con las expectativas sucede lo mismo. Pronto se cerrará la veda de presentación de los resultados empresariales correspondientes el primer trimestre. Todo el mercado, sin excepciones, ha estado pendiente de esta cita más que en otras ocasiones, porque consideraba que los desajustes contables y el impacto de la crisis financiera comenzaría a trasladarse a las cuentas de resultados en este primer periodo del ejercicio. Son muchos los actores en la Bolsa los que consideraron que un error en las previsiones costaría mucho dinero, tanto si la desviación se producía por arriba como si acontecía por abajo. Es más, ha costado mucho dinero a quienes hacen los pronósticos y a las propias empresas pronosticadas. Conviene ahorrar la munición en ocasiones futuras. Nos son tiempos de errar los tiros.
Una encuesta global a más de 540 altos directivos de compañías europeas revela que los errores a la hora de hace previsiones por parte de los equipos de análisis le han costado a las empresas estudiadas un 6% del precio de sus acciones en los últimos tres años. No se sabe nada respecto a lo que el fenómeno le ha supuesto a las propias firmas de análisis. Es evidente, por tanto, que los precios en Bolsa de numerosos títulos experimentan vaivenes al margen de sus fundamentales. Con frecuencia, la capitalización sufre por asuntos mal contados o contados a medias, que es peor que mentir. Eso es lo que decía Kostolany. Ejemplos recientes en esta degradación los tenemos en Telefónica, cuando a mediados de febrero cayó por el rumor de un profit warniung inexistente. También, en Solaria, a propósito de criterios contables contradictorios para determinadas firmas del mercado.
Pero hay más en este asunto. De acuerdo con los datos obtenidos por KPMG, sólo un uno por ciento de las estimaciones de resultados realizadas por las compañías han sido exactas en el último trienio, y las más precisas –aquéllas con un margen de error inferior al 5%– representan sólo a una quinta parte de la totalidad. La desviación media absoluta de las previsiones de las organizaciones estudiadas es del 13%. En este caso, los mejores previsores han obtenido unos resultados significativamente mayores que los menos precisos, ya que la cotización de sus acciones ha aumentado un 46% en vez de un 34% durante el periodo analizado.
Está claro, también, que no es lo mismo equivocarse por exceso que por defecto. Muchos directivos encuestados para este estudio afirman que las previsiones inexactas importan realmente cuando la empresa obtiene resultados inferiores a los previstos. Eso sí , con limitaciones. “Más que precisión, los analistas quieren que superes las previsiones, pero no demasiado para que no quede patente una falta de conocimiento al respecto”, sostienen. Es curioso, por ejemplo, que el mercado normalmente no premia a las empresas que son sistemáticamente prudentes al elaborar sus previsiones dándoles un mayor rating.
Para los encuestados por KPMG, es evidente que el mercado prefiere empresas que superan las previsiones, y que cuando una empresa emite una advertencia sobre resultados aumenta la probabilidad de que lo vuelva a hacer. “Si una empresa desarrolla un patrón de previsiones inexactas, puede que los analistas no se fíen y empiecen a pensar en un aumento del riesgo de que la empresa sea objeto de adquisición o que su equipo de dirección vaya a cambiar”, argumentan. “Realizar unas malas previsiones una vez no tiene por qué ser un desastre, pero sí ocasiona problemas. Si las estimaciones han resultado erróneas, la empresa debe explicar por qué. Si se trata de algo comprensible, los inversores serán benévolos, pero incluso un error justificable tiene efectos colaterales”, añaden.
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