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MUCHOS VALORES PEQUEÑS VOLVERÁN A LOS ORÍGENES, EN CONCRETO LOS QUE NO HAN APROVECHADO EL CICLO

La Carta · Lunes, 19 de Mayo de 2008 Moisés Romero

ilustracionEl ciclo de exuberancia irracional en la concesión de créditos y, además, a tipos excepcionalmente bajos terminó el verano pasado. Con ello, murieron muchas expectativas, desaparecieron ambiciosos proyectos. El grifo del dinero lleva tiempo oxidado. Operaciones de toda í­ndole o condición han sido aplazadas en el tiempo, hasta que el temporal amaine y las condiciones del mercado sean más benévolas. En el ciclo de vino y de rosas, las compañí­as que han sabido bailar sin emborracharse están ahora mejor preparadas para afrontar el entorno ácido, más agresivo. Los más débiles, en fondo y en forma, en contenido y en continente, no podrán seguir danzando. Los valores medianos y pequeños, principalmente aquellos que no han sabido fortalecer sus estructuras de recursos propios con tipos de interés históricamente bajos o con ampliaciones de capital con prima de emisión, volverán a sus orí­genes. O sea, a la nada.

Los actores en los mercados no deben olvidar que la recuperación de los í­ndices forjada en los últimos cinco años estuvo auspiciada, dirigida y proyectada por unos tipos de interés que alcanzaron niveles históricamente bajos antes de reemprender la tendencia al alza y de generalizarse la Crisis de Crédito y de Confianza. Los valores medianos y pequeños, junto a constructoras e inmobiliarias, son los que más han sufrido el enroque del mercado interbancario y el consiguiente parón en la concesión de créditos.

Que los tipos de interés mueven las Bolsas es algo que nadie duda. Los expertos recuerdan que éstos han tenido un efecto milagroso en la recuperación de los precios bursátiles de muchas compañí­as y, en el mismo acto, de saneamiento de sus balances, porque en la época de tipos bajos se han celebrado numerosas ampliaciones de capital por parte de empresas que en circunstancias normales nunca habrí­an tenido acceso a otro tipo de financiación. La tensión monetaria es ahora el principal enemigo de las Bolsas en general y para este tipo de compañí­as, en particular.

Son los más débiles, los valores de capitalización media y pequeña, los que peor aguantan el vendaval, si es que logran aguantarlo. También, los más endeudados. En los últimos trece meses se han producido varias oleadas vendedoras, que han terminado con el sueño de operadores, gestores, especuladores y de las propias empresas. No obstante, en los cinco últimos años, compañí­as con estructuras financieras muy débiles han sido capaces de construir un armazón más firme a través de ampliaciones de capital. Ahora, el signo es el contrario. Los expertos han venido considerando en los últimos meses que aquellas compañí­as que no han podido capitalizarse más y mejor en los últimos ejercicios tampoco podrán hacerlo en el futuro.

Es la peor cara, la más fea y desfigurada, de la Bolsa. La crisis monetaria ha alejado a muchos inversores del mercado y, lo que es peor, ha dejado desnudas a numerosas compañí­as que necesitan del beneplácito, dinero contante y sonante, de sus accionistas para mantener polí­ticas de crecimiento acordadas y diseñadas antes. Es muy difí­cil que en las circunstancias actuales, el gentí­o se rasque el bolsillo.

Este choque de expectativas, que ha frustrado muchas esperanzas y tronchado numerosos proyectos de otras tantas empresas que necesitan crecer más, ha obligado a numerosas compañí­as a reestructurar divisiones y a cancelar estrategias pasadas. La pregunta que se hacen numerosos gestores y analistas es si la gran mayorí­a de valores de capitalización media y pequeña van a poder acometer el futuro con la misma decisión con que lo han hecho en los últimos años.

Cunde la sensación, en fin, de una vuelta a los orí­genes, al principio, a la nada o muy cerca de ella. Los más endeudados necesitan una cura urgente de adelgazamiento. Los más flacos no podrán engordar más, al menos por ahora.

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