En el mercado de divisas, el cambio del euro se desliza a 1,35 dólares
Se ha escrito mucho y variado sobre el fenómeno de las recomendaciones de los analistas adscritos a la nómina de otros tantos bancos de inversión. Considero que tiene vigencia en la actualidad, porque quienes recomiendan no han sido capaces de ver la viga en su propia casa, ahora hundida, pero sí magnificar una pequeñas motas de polvo en el ojo ajeno. Las recomendaciones que efectúan los analistas vuelven a estar en el ojo del huracán. Una de las reflexiones de moda es el desencuentro entre analistas y mercados, fenómeno que se repite hasta el hartazgo en los últimos siete años. No se trata de poner en la picota a los especialistas, pero sí recordar que el exceso verbal nos condena a todos, a unos más que a otros, más a los que están obligados a dirigirse a la parroquia todos los días, que a los que divulgan sus ideas de manera pausada, con espacios prolongados en silencio, sin decir nada. Lo peor en esta disciplina es tratar de poner puertas al campo, de acotar los precios de las acciones, bien por asuntos fundamentales, bien por criterios técnicos o chartistas. La moda de los precios objetivo, en definitiva, murió hace tiempo, porque los expertos van con la lengua fuera. El burro y la zanahoria. En épocas de turbulencias, como las actuales, el desajuste es mayor. Ahora, la tendencia es a abaratar al máximo los precios objetivo, porque de nuevo los analistas han ido detrás de la tendencia.
El repaso de precios objetivo desconcierta a todos, porque los mercados desarrollan sus movimientos a velocidad de vértigo. El factor psicológico, el estado de ánimo de los inversores, el seguidismo, el contagio, no han encontrado la pócima milagrosa que los inhiba. Además, los mercados no cierran sus puertas en momento alguno, ni siquiera los festivos. La globalización alcanzó hace mucho tiempo a la intermediación. Los valores líderes cotizan en las principales Bolsas del mundo y favorecen el arbitraje, que es una manera de distorsionar los precios. Por eso, las estrategias duran poco, apenas superan las veinticuatro horas.
Dicen los viejos observadores que los precios objetivo nacen y mueren el mismo día de su publicación. Los valores sujetos a este fenómeno ya han intuido antes lo que se les echaba encima, para bien o para mal. Es decir, hay apremio e intuición, porque las murallas chinas cayeron hace tiempo, como las de Jericó al ruido de las trompetas. El día de su divulgación aún desarrollan un recorrido cierto, tangible, pero es el último.
Y la vida de la Bolsa sigue. La recomendación de ayer es vieja hoy. Por eso los analistas van con la lengua fuera y cometen errores anacrónicos. Por ejemplo, recomendar fuertes compras y alzas de los precios objetivo cuando el precio de una acción ha superado el objetivo previo y, al revés, forzar la rueda a la baja cuando una cotización ha perforado niveles de resistencia establecidos antes con criterios técnicos, fundamentales o de cualquier otra índole.
Los precios objetivo han muerto ¡Vivan los precios objetivo! Todas las referencias, por nimias y simples que sean, deben ser bien recibidas en los mercados, porque siempre hay un párrafo, una línea, una palabra o precisión en una recomendación que nos puede dar pistas. Para bien o para mal. Lo peor en este apartado es que el analista o experto sea el burro al que se le pone una zanahoria en la nariz para que siga adelante.
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