Banco Santander registra ya una caída de más del 35% desde que anunció la ampliación de capital
Ahora que los mercados intentan un rebote técnico, justo cuando los principales indicadores alcanzaron los niveles intradía más bajos desde enero hace unas jornadas, renace el fantasma del verano en la Bolsa, como mal aliado y peor consejero. Los veranos recientes han estado cargados de malas referencias y pésimos resultados. Recuerdo aquél verano trágico que comenzó con el aviso de esto se hunde sin saber por qué y terminó hundiéndose sabiendo, meses después, que fue el fondo Long Terme fue el que ocasionó la debacle a raíz de la suspensión de pagos de Rusia. Todos recordamos aún el verano pasado, porque las secuelas de la crisis de las hipotecas basura, las hipotecas subprime, lejos de aminorar se alzan con más rabia. Parece como si la maldita Crisis Hipotecaria no quisiera morir y ser enterrada. Se encadenan, de este modo, dos veranos aciagos, con los índices lastrados y, lo que es peor, con las expectativas rotas.
Escriben muchos lectores preguntando acerca de las expectativas del verano y, principalmente, del renacer de los miedos en esta época singular. Yo me pregunto, y así respondo de manera tan a la gallega, qué es lo que hay que temer a estas alturas cuando los índices acumulan retrocesos superiores al 20%. Yo no tengo miedo al verano, porque es fácil asumir que continuará el deterioro de los mercados de acciones combinado con reacciones técnicas al alza, pero, al menos por ahora, con escalones descendentes ¿Cuántos peldaños más?
Si calculamos bien el deterioro de los activos en los últimos meses a nivel global y lo trasladamos al mercado español, porque de esta situación no se va a librar nadie, no es descabellado considerar que una valoración de los activos ajustada a las nuevas circunstancias nos lleva a una caída promedio de los mercados del 30%. Es decir, que aún ha recorrido a la baja sin asumir otras consideraciones.
Entonces ¿estarían bien valorados los mercados con caídas del orden del 30% en el año? Los grandes estrategas lo niegan, porque hay una serie de circunstancias que planean sobre las Bolsas al margen de sus propias valoraciones, de sus reajustes obligados. Por ejemplo, el alza constante de los precios del petróleo; el deterioro de los resultados empresariales a doce meses vista; la amenaza de la inflación en un contexto de mayor debilidad económica y enfriamiento del consumo; el renacer de las tensiones geopolíticas y la posible caída de los mercados emergentes, por cuanto no serán capaces de llevar la manija de este gran embrollo mundial.
El temor al verano con mimbres tan débiles, resultados acumulados tan negativos y expectativas tan flacas no ha lugar, entiendo, en esta ocasión, porque el verano actual es la continuación de los desafíos del verano pasado, que aún no han concluído y conviene vencer más pronto que tarde.
[Volver]